Para mi el arte es un monstruo. Ajeno a lo cotidiano y lo simple, extrae lo extraordinario. Es una subversión de la mirada, que devuelve los objetos y los significados en pie de guerra con su habitualidad, homogeneidad, previsibilidad. El monstruo aterra por la obstinada afirmación de su diferencia. Porque trae a la representación lo "no dicho"; no lo silenciado, sino lo que ni siquiera cabe ser pensado. El arte es un milagro. Pero el monstruo no es el Minotauro, sino el hilo de Ariadna: un camino a la otredad, una forma de conocimiento, un lazo a lo que debe ser revelado.

Y soy más modesta, más terrenal. Ya no aspiro a la belleza. Me estrello una y otra vez contra un vidrio en el intento. Y aunque persisto, tironeada por la pureza del agua clara y las metas imposibles, apenas desato el ovillo y me dejo guiar por Ariadna.